En una cadena alimentaria, el tiempo no es un dato más: es parte del valor del producto. Un alimento puede ser cultivado, procesado, empacado y transportado correctamente y, aun así, perder su salida comercial en cuestión de horas. Lo que sucede entonces revela la eficiencia de la organización que lo tiene en sus manos.
Durante años, los excedentes se asumieron como una consecuencia inevitable de operar. Fluctuaciones en la demanda, cancelaciones, estándares de apariencia, cambios de empaque, estacionalidad o fechas de consumo pueden dejar fuera del mercado productos que conservan su calidad e inocuidad. No todos esos excedentes pueden evitarse, pero todos pueden gestionarse mejor.
Por eso, el rescate de alimentos no debe entenderse únicamente como una respuesta social. Es también una capacidad logística. La diferencia entre que un alimento termine como residuo o llegue a una familia depende de detectarlo, recogerlo, clasificarlo, conservarlo y distribuirlo dentro de una ventana limitada. El rescate no comienza cuando llega un camión, sino cuando una empresa reconoce el excedente a tiempo y cuenta con un protocolo para actuar.
Ahí radica la importancia del sector privado. En sus operaciones se decide cuánto se produce, cómo se almacena, qué especificaciones debe cumplir un producto, cuándo deja de tener salida comercial y cuál será su destino. Las empresas poseen, además, información, tecnología, infraestructura y escala. Transformar la cadena alimentaria sin su participación no es una posibilidad realista.
Esa participación debe dejar de depender de esfuerzos aislados. Donar ocasionalmente resuelve una urgencia; establecer un sistema cambia el resultado de manera sostenida. Se requieren metas, medición, responsables internos, alertas tempranas, acuerdos permanentes y mecanismos de trazabilidad e inocuidad. En alimentos, lo que no se identifica a tiempo difícilmente puede rescatarse.
La prevención debe ocupar el primer lugar: mejores pronósticos de demanda, prácticas de almacenamiento y análisis de las mermas evitan que muchos alimentos se conviertan en excedentes. Pero incluso las operaciones más eficientes los generan. Donar no sustituye la prevención; prevenir tampoco vuelve innecesario el rescate. Son partes complementarias de una misma estrategia para conservar valor.
La evidencia muestra que atender la pérdida y el desperdicio puede ser una buena decisión de negocio. Un análisis del World Resources Institute y WRAP en mil 200 centros de operación de 700 empresas, en 17 países, encontró retornos positivos en casi todos los casos estudiados. La mitad obtuvo ahorros de al menos 14 dólares por cada dólar invertido. La sostenibilidad, cuando se incorpora a los procesos, también puede traducirse en productividad.
El valor compartido aparece en esa convergencia. Para la empresa, una mejor gestión puede reducir mermas y costos de disposición, aportar información sobre inventarios y convertir compromisos ambientales y sociales en resultados verificables. Para la sociedad, significa más alimentos disponibles. Para el medio ambiente, implica evitar que también se desperdicien el agua, la energía, la tierra y el trabajo utilizados para producirlos.
Pero rescatar no consiste simplemente en trasladar cajas. No requiere lo mismo recuperar alimentos no perecederos que frutas, lácteos, proteína o comida preparada. Cada categoría demanda tiempos, temperaturas y manejo distintos. Sin planeación, una donación puede trasladar el costo o el riesgo a quien la recibe. De ahí la relevancia de contar con organizaciones especializadas e infraestructura capaz de responder con rapidez.
En 2025, la Red de Bancos de Alimentos de México rescató 204 mil 585 toneladas de alimentos y atendió a 2 millones 687 mil 249 personas. A través de 59 bancos de alimentos en 30 estados, esta operación evitó también cerca de 200 mil toneladas métricas de CO2 equivalente. Detrás de esas cifras hay miles de decisiones coordinadas con productores, centrales de abasto, industria, autoservicios, restaurantes y hoteles.
La experiencia demuestra que los bancos de alimentos son infraestructura social y logística. Conectan alimentos aptos que han perdido su canal comercial con personas que enfrentan dificultades para acceder a una alimentación suficiente. Cuando las empresas integran esa infraestructura a sus procesos, el rescate deja de ser reactivo y se vuelve previsible, seguro y medible.
El siguiente paso es llevar el tema a las decisiones estratégicas: medir la pérdida y el desperdicio como un indicador operativo, asignar responsables, compartir información entre eslabones y diseñar acuerdos antes de que aparezca el excedente. Las autoridades deben contribuir con marcos claros e incentivos adecuados, pero el sector privado cuenta hoy con la capacidad de acelerar la transformación.
No se trata de pedir a las empresas que renuncien a la rentabilidad, sino de ampliar la manera en que la entienden. Una organización competitiva no es solo la que vende más; también es la que aprovecha mejor sus recursos, aprende de sus pérdidas y evita destruir valor que todavía puede cumplir una función económica, social y ambiental.
Una cadena alimentaria eficiente no es la que nunca genera excedentes, sino la que aprende a evitar los innecesarios y actúa a tiempo para que los inevitables sigan alimentando. Ahí, precisamente, comienza el valor compartido.






